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CRÓNICA ALPINA DEL LUNES

Suena el despertador y pasa un momento antes de ser consciente de que no estoy en el saco, sino en mi cama, y lo que es peor, de que hay que levantarse para ir a trabajar. Creo que he dormido poco más de tres horas después de la paliza de viaje de ayer, y levantarse con este panorama supone un esfuerzo casi sobrehumano.

La ducha me despierta definitivamente. Una ducha después de 6 días es un placer y bajo el agua caliente se entremezclan los recuerdos de placenteros descensos esquiando con los de la 'lombarda', esa niebla tan desapacible acompañada de viento y frío que nos ha envuelto varios días durante esta última travesía por los Alpes. Después de la ducha hay que afeitarse y cumplir toda una serie de ritos para recuperar la presencia humana, o al menos cierto aspecto que permita adaptarse sin traumas a la vida cotidiana en la ciudad.

A la hora de vestirme me desconcierta encontrarme con una, dos, tres, y hasta más de cuatro camisetas limpias y sin arrugar. Tras un momento de duda elijo la menos elegante y mientras me visto casi mecánicamente pienso en los demás compañeros de travesía. Los mas afortunados estarán durmiendo todavía, otros ya levantados como yo pero enfundándose un traje con corbata, o un buzo azul.

Salgo de casa y compruebo si he encendido el ARVA. Me doy cuenta de que no me lo he puesto por que hoy no hace falta, así que repaso mentalmente si se me olvida algo de lo que realmente sí será imprescindible. Hasta la estación del metro no son mas de 7-8 minutos caminando cuesta abajo y siempre pienso lo mismo: "esto con esquís me lo bajo en un tis-tas", pero claro hoy tampoco podrá ser.

La estación es un campo de penitentes sonámbulos, sorteo algunos y después me sumo a ellos hasta que llega el metro, es entonces cuando concentro toda mi atención en la rimaya que queda entre el andén y el vagón y la franqueo sin dificultad.

Dentro todo son caras de ajo, algunas cuchichean y me miran de reojo. Es lunes y preferiría que no se notara que he estado de vacaciones en la nieve, pasar desapercibido, pero me delata el color de mi cara, un poco quemada por el sol y el viento, la marca clara de las gafas, y sobre todo y destacando sobre cualquier otra cosa, mi nariz luminiscente.

Por suerte la curiosidad dura poco pues enseguida vuelven sus ojos hacia los papeles que casi todos llevan entre manos. Aunque parezca extraño no son mapas, ni reseñas, ni el boletín de nieve y avalanchas sino un folletín de unas diez o doce paginas, que la señora de enfrente planta inevitablemente delante de mi cara, haciendome tragar publicidad a toda página y después con letra un poco más pequeña la información verdaderamente esencial: fútbol, famosos, y televisión. Sin haber digerido aún todos los asuntos que preocuparán hoy al mundo llego a mi estación de destino, y de nuevo es necesario franquear la grieta entre vagón y anden pero para estas horas ya estoy un poco más despierto.

Después asciendo cómodamente por rampas y escaleras mecánicas hasta el nivel de la calle donde ya clarea el nuevo día. Hay que joderse, "ni una mínima nube", no hay excusa para volverse al refugio. Atravieso un amplio plató siempre con la referencia del impresionante diedro que forman las moles de los números 35 y 37, y que tengo que rodear hacia el NE. Hasta este punto el itinerario carece de dificultad pero a continuación es preciso extremar las precauciones pues hay que atravesar un ancho corredor muy expuesto a las avalanchas de coches.

Se llega así al pie de una pequeña torre rojiza, con una chimenea característica, de acero inoxidable, en su parte más alta. Una pequeña oquedad en su cara S permite el acceso a la vía normal, y con mucha desgana completo los últimos 4 pisos de desnivel que me separan de la cima. Las vistas, un poco veladas por la contaminación, no son nada del otro mundo, y corre una ligera brisa fría proveniente del maldito aire acondicionado. Me encuentro con otros compañeros que han llegado un poco antes por una vía más vertical y directa, la vía del ascensor, y charlamos un ratito, el encuentro siempre es agradecido, aunque son inevitables las bromas referentes al color de la cara y la nariz. Difícil explicar que estos días pasados en los Alpes poco o nada o tienen que ver con la imagen de "vacaciones blancas" que venden en las agencias de viajes.

Después hay que comenzar la jornada laboral, otra vez a la rueda cuando pulso el botón para encender el ordenador y me pregunto por que pone ON cuando en realidad es OFF.

Mitxel. Abril 2007